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Viernes, 24 de agosto de 2007

La cripta

LA CRIPTA

Todavía falta una hora, pensó.

Pero no, el tiempo que quedaba no era mucho y ella no podía hacer nada sino esperar.

Apoyada en la repisa de la chimenea miraba su muñeca una y otra vez para encontrarse con el reloj, con desesperación. Una hora, sólo una hora. Tendría que darse prisa, pero ¿cómo?

No tenía idea de por qué se hallaba en aquella estancia, sola y en una especie de cripta; tampoco veía la necesidad de una chimenea en un lugar de enterramiento como aquel; era algo tan irreal, era cosa de locos.
–Pero ¿por qué pienso en esta maldita chimenea, qué más da?– chilló, como si alguien que no fuera ella misma pudiera oírla, intentando calmar sus nervios.

No sabía bien cómo podía darse cuanta de estos detalles porque no había ni lámparas ni ventanas, pero captaba que todo a su alrededor era gris; gris la luz neblinosa y húmeda que la envolvía; paredes grises, grandes piedras grises toscamente labradas, tanto las que enmarcaban la gran chimenea que le servía de apoyo como...¡como la de una tumba en medio de la estancia!
Una tumba abierta, con la lápida corrida hacia un lado, vacía, esperando a ser ocupada ¿por quién? Era a ella a quién estaba destinado su frío y oscuro lecho, lo sabía. Entonces ¿Qué demonios hacía ella allí? ¿Por qué seguía viva? Sintió una corriente gélida en su interior y un pánico súbito la hizo temblar. Faltaba menos de una hora. Aguzó el oído. Nada. Silencio absoluto, como si estuviese ya en las profundidades de la tierra.

Su nerviosismo y su miedo aumentaban a la vez que las manecillas del reloj continuaban su camino ¿Cómo sabía que tenían que venir a enterrarla a una hora determinada? Nadie le había dicho nada ¿Por qué, pues, esa sensación de angustia incontrolada? ¿Era real todo aquello o era un mal sueño del que acabaría despertando antes del fatal desenlace? Dicen que en los sueños nunca se muere.

Pensar; tenía que pensar. No podía. Su mente se negaba a ir más allá de lo que estaba viendo. Aun así hizo un esfuerzo y se preguntó si era el miedo a la muerte lo que la tenía atenazada. No, no era precisamente que tuviera miedo a dejar de vivir, sino todo lo contrario ¡tenía miedo a ser enterrada viva! Sentía terror a que le faltara el aire, a dejar de respirar, a que le estallaran los pulmones y se le salieran los ojos de las órbitas. Sufría sólo de imaginarse una muerte lenta.
En su cerebro una idea, machacona, se repetía una y otra vez: “tengo que morir, tengo que morir…, antes de que lleguen…, sí… No deberían enterrarme si no he muerto y, sin embargo…, lo harán, ¡van a hacerlo haya muerto o no!”

Como una bestia enjaulada, daba vueltas por la cripta en busca de cualquier objeto que le fuera útil, que le ayudara en su determinación de acabar con su vida. Pero no había nada, ningún mueble, ningún utensilio, sólo piedra y vacío. Pensaba en el suicidio; no era de ese tipo de personas, al menos, eso creía, pero su lucidez estaba llegando al límite y, en su locura, sería capaz de cualquier cosa.

Por qué ese empeño en morir, se preguntaba, no debía importarle porque mientras hay vida hay esperanza, eso es lo que se dice siempre, pero ¿esperanza de qué?, pensó. Verdaderamente no sentía un apego especial a su vida y, además, su esperanza estaba acabada: SABIA que pronto vendrían a enterrarla. Pero ¿por qué ese espanto? si al final tenía que dejar la vida, ¿qué más daba cómo fuera? ¿acaso el suicidio no sería traumático? ¿lo que da miedo no es la consciencia de que se está muriendo? De todas maneras no había nada que pudiera hacer sino aguardar.
Si, pensándolo bien era lógico. Pero no podía pensar con lógica, la situación no lo era y, además, no podía evitar esa angustia claustrofóbica, ella, que nunca había soportado los espacios cerrados.
Sentía ya cómo le faltaba el aire en los pulmones, boqueaba como un pez fuera del agua, le latían las sienes, las sentía oprimidas como por hierros candentes, el cerebro le hervía y tenía unas enormes ganas de vomitar.

Notó que un velo rojo de lágrimas y sangre le cubría los ojos y los cerró, despavorida, al tiempo que oía algo parecido a unos pasos en el exterior. Su cuerpo se agitó con un espasmo, sintió un vahído y cayó pesadamente al suelo de la cripta.

Y ya no pudo oír nada más. No oyó a nadie entrar en el recinto a cumplir con la inhumación; ni siquiera las voces que, horas después, ante la evidencia de un frasco vacío en la mesilla de noche, dictaminaban un posible suicidio por sobredosis de somníferos.

Idella

30-10-05

Por: Idella Esteve | Hablando en prosa | Comentarios (0) | Referencias (0)

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