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Domingo, 26 de agosto de 2007

LA MOSCA
Hacía ya varios días que estaba inapetente.
No tenía muy claro por qué se le habían cerrado la boca y el estómago de esa manera. El hecho de que le hubieran notificado que no le renovarían el contrato de trabajo quince días después no lo consideraba motivo suficiente; quedarse sin trabajo no era un problema para ella, sabía que le sobraban recursos para encontrar uno nuevo. En todo caso, el subsidio de paro podía proporcionarle un periodo casi vacacional lejos de la preocupación y el estrés de tener que soportar a un jefe como el que había tenido durante el último año.
Incapaz de tragar algo sólido pero totalmente determinada a no ir a la oficina con el estómago vacío y la expectativa de un insulso café de máquina tomado a toda prisa delante de sus compañeros, decidió empezar el día con una taza de café con leche. De mala gana, se dirigió a la cocina a preparárselo.
Pensaba que si no se hubiera ido a vivir sola su madre le habría preparado cosas suculentas y apetitosas y no estaría ahora en el estado en que se encontraba. Qué pereza tener que guisar para una misma. Así que raramente cocinaba, sus comidas se limitaban a una frugal ensalada de lechuga y un bocadillo de cualquier cosa que tuviera. Vivía de esto y de incontables cafés a lo largo del día.
Con estos pensamientos, auto recriminándose, abrió el armario para coger la cafetera y el café “¡Mierda!” exclamó furiosa, “¿cómo he podido quedarme sin café? Y ahora ¿qué hago?” Pensó desayunar en un bar antes de entrar al trabajo pero, no, no estaba dispuesta a esperar tres horas para que le sirvieran un triste café con leche, viendo cómo la gente de alrededor se atiborraba de tostadas y toda una serie de productos de bollería. Sólo imaginarlo le provocaba arcadas, ¿cómo podían darse esos atracones tan temprano? No, estaba decidida a salir de casa desayunada, pese a la falta de café.
Afortunadamente en el frigorífico todavía quedaba una botella de leche apenas empezada. Se haría un vaso de leche caliente.
Se sentó a la mesa y colocando el vaso delante se lo quedó mirando fijamente. “Qué poquísimo me apetece,” observó, mientras hacía una mueca de asco. “Si al menos hubiera tenido café habría disfrazado esa asquerosa blancura, esa blancura lechosa, ¡Puaf! ¡Qué asco! Este blanco pastoso no me pasará por la garganta. Y… el telillo que se le está formando por encima...así… arrugadito, tengo que quitarlo..., tengo que quitarlo, sí, sí. Ya está. Y ¿ahora? ... ¡Uf! Ese vaho que asciende desde el vaso... Como haya una mosca volando seguro que la atrapa. Y si la mosca entra en el campo del vapor se le mojarán las alas y no podrá volar.... y si no puede volar... si no puede.... seguro que se cae dentro del vaso... ¡Eso, seguro! ¡Oh, mira!, ahí está, volando. Ahí viene…, se para..., se para..., ¡Nooo! ¡Está cayendo!... se cae... ¡Oh! ¡Oh!
La veía. La estaba viendo, negra, destacando nítidamente en la blancura de la leche, chapoteando, agitando las patas... nadando en círculos, empapada, antenas hacia atrás, como engominadas, las alas pegadas al cuerpo, viscosas. La muy guarra la miraba a los ojos descaradamente, desafiante, ensuciando su leche... hasta parecía estar con las manos en jarras… se burlaba de ella "¡Maldita, ya verás!"
Cogió el vaso con rabia y, levantándose, se dirigió al fregadero, donde lo vació soltando el agua a continuación para que desapareciera la asquerosa mosca por el desagüe. Sin embargo, no pudo ver el insecto en ningún sitio. Miraba embobada cómo la blancura pastosa se iba diluyendo hasta convertirse en transparente. Pero no había rastro de ninguna mosca.
Llevaba varios días intentando un desayuno no tomado
"Otro día más," pensó. "Mañana lo intentaré otra vez ¿Qué sucederá entonces?"
Idella
Por: Idella Esteve | Hablando en prosa | Comentarios (0) | Referencias (0)