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Viernes, 28 de septiembre de 2007

La caída



LA CAÍDA


Se sintió desprendida y notó como si volara en el vacío.
– ¡Oh! ¡oh! ¡oh! ¡Estoy suelta! ¡Que me caigo!
Un vahído y, casi sin darse cuenta, se sintió flotando en el aire, balanceándose. Primero tuvo miedo al no notarse sujeta a su rama pero luego le gustó la sensación de libertad ¡Oh, qué liviana se sentía!
Recordó lejanos tiempos, mecida por el viento, susurrando con sus hermanas en la quietud de la noche, bajo los rayos de la luna. Sintió, como en un recuerdo, la frescura mañanera con las gotas de rocío. Le pareció oír debajo de ella el jadeo amoroso de una pareja en las horas de la canícula estival, los juramentos de amor y los largos ayes de placer; evocó el canto de los pájaros al atardecer y también la risa de unos niños; añoró la salvia de la que se alimentaba a la par que se sentía por momentos impulsada hacia arriba para luego caer en amplios vaivenes; y en silencio, en silencio, seguía cayendo ¿qué era eso, dónde iría a parar?
Un charco la acogió, amortiguando su caída.
Al flotar en él notó un contacto gélido que la hizo estremecer. Poco a poco el agua fue sumergiendo sus bordes amarronados destacando así, brillante, su centro amarillo. Pensó que había iniciado una nueva aventura, como aquéllas que oyera contar a los ancianos que se sentaban debajo de su sombra a la hora de la siesta. Estaba en el agua ¿Era aquello quizás el profundo océano? Surcaría los mares para conocer gentes distintas, para oír insólitas historias; el sol la acariciaría otra vez y sería testigo de nuevas pasiones. Estaba feliz de poder viajar después de haber pasado toda su vida sujeta en el mismo entorno, viendo el mismo paisaje ¡qué ilusión poder ver el mundo más allá del horizonte! Pero sintió un frío intenso, insólito, y se quedó estancada en medio de un agua que comenzaba a solidificarse.
– ¡Oh, no! Esto debe de ser el invierno– dijo con una vocecilla apenas perceptible, mientras que una lágrima se fundía con el agua del charco, provocando pequeños círculos concéntricos entre los cristales de hielo.
No sabía qué fuera el invierno pero ya le había dicho una de sus hermanas que debía temerle, que ella se lo había oído contar a una hoja resistente al invierno anterior cuando solamente era un pequeño brote; “con el invierno,” le había comentado, “nosotras acabamos nuestra vida, caemos, somos recogidas en un montón y volamos al cielo convertidas en humo. Es nuestro destino. Vendrán nuevas hermanas, pero nosotras no las veremos, sólo coincidimos de generación en generación.” “Mi conocimiento de esto,” lo decía con un tono de suficiencia, “es sólo una casualidad, soy un brote temprano que coincidió con una hoja longeva”
Se negaba a cumplir con su destino ¿por qué habría de ser siempre igual? Su hermana podría estar equivocada ¿acaso ella misma no había podido coincidir con una hoja de la generación anterior? Ella estaba dispuesta a resistir ¡No moriría con el invierno!
Se hallaba pensando en ello cuando percibió unos pasos y una sombra y… ¡chaps!
Un pie inmisericorde la sumergió totalmente en el charco helado incrustándola sin piedad en el sucio barro. Se le borró el mundo de los ojos; ya no tendría ningún horizonte que divisar, ni siquiera el más cercano.
Se sentía morir ahogada, sucia. Pensaba que incluso no ascendería al cielo convertida en humo; ahí, al menos, se había equivocado la marisabidilla de su hermana, ella iba a tener un fin distinto.
De pronto oyó una vocecita de niña y a la vez se sintió transportada, rescatada.
– ¡Mira, mamá, que hoja tan bonita hay en este charco! ¡Lástima que esté un poco sucia! ¿Me dejas que la lleve a casa? La limpiaré y la dejaré secar dentro de un libro, con las otras que tengo ¿Vale? Tiene unos colores muy “chulis”.
A la hoja le salió otra lagrimita por el tallo, esta vez de agradecimiento, y sintió que el calor de las manos le devolvían la vida a la vez que una nueva ilusión; no todo estaba acabado, al menos no de momento. Andaba, andaba con los pies de la niña, se trasladaba de lugar ¡Estaba viajando! Si, vería otros paisajes ¡Qué contenta estaba!

Tal como dijo, la niña se llevó la hoja, la limpió primorosamente y la colocó con cariño dentro de un libro para que se secara.
Entre las páginas que iban a darle alojamiento se encontraba el dibujo a todo color de un gran globo aerostático: y fue encima de él que se quedó pegada como un holograma.

El libro se titulaba “La vuelta al mundo en ochenta días”.

Elda, 8 de Diciembre, 2005

Idella Esteve

Por: Idella Esteve | Hablando en prosa | Comentarios (0) | Referencias (0)

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